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16 agosto 2008, Bendición de medallas.

Dios todopoderoso, bendice esta medalla de la Santísima Virgen, desde esta capilla, y a quienes las lleven con devoción, para que a ejemplo de la Virgen, acojan la palabra de Dios y la mediten en su corazón. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Que por la intercesión de la Virgen María Dios os conceda todas las gracias prometidas a los que la lleven con devoción y le recen con fe y confianza. (Aproximación a la fórmula utilizada para la bendición de las medallas)

Quedé sorprendida al ver a una Hija de la Caridad bendiciendo medallas a la entrada de la capilla de la Casa Madre, y opté por observarla y acompañarla durante un largo rato. Noté como mi curiosidad se iba transformando en complicidad… logré sintonía con la Hermana y con las personas que se acercaban; me llegué a emocionar. Tuve la sensación de captar la presencia de Dios, cubierto de una gran sencillez.

Vi hombres y mujeres de todas las razas y colores en búsqueda de “algo más” que la simple rutina vital, que aturde y angustia. En sus rostros, en sus manos y en sus miradas me pareció adivinar la capacidad de asombro ante el mensaje de Jesús; mensaje que, con frecuencia, se nos antoja teológicamente complicado. Recordaba el gesto de aquella mujer del evangelio que sólo quería tocar un trocito del manto de Jesús y, con ello, justificaba mis deseos de tocar los objetos y pisar los lugares donde Dios ha querido mostrar su bondad misericordiosa. Todo es mediación para los ojos limpios, me dije… y recé.

Me pareció estar ante una manera extraordinaria de hacer pastoral, de evangelizar, de dar primacía a la acogida para entrar en contacto con lo divino mediante una acción quasi sacramental: “la bendición”. La Medalla, pasa esa especie de “revisión” que la avala más, si cabe, como memorial del amor y protección de la Santísima Virgen.

El hecho de “pedir la bendición”, es un acto de fe y confianza y, el gesto de “bendecir”, se transforma en gracia. La Hija de la Caridad y las personas que sostienen en sus manos la Medalla o el Rosario, entran en comunión, experimentando la presencia de Dios en un gozo inexplicable, no exento, a veces, de emoción visible.

Confieso que me sentí bien. Aprendí que más allá de los idiomas convencionales existe el lenguaje de los gestos, el lenguaje del amor. Comprendí, un poco más, como un servicio humanamente insignificante, se puede transformar en un “cursillo” de mariología. De estas cosas debieron hablar la Virgen y Catalina la noche del 18 al 19 de Julio. Gran mensaje confiado a la Compañía y del que cada Hija de la Caridad es responsable.

Gracias María y gracias Hermanas que, dando muestras de gran fidelidad, llegáis hasta los pobres de Yahvé, entre los que me cuento.

Rosa Mendoza
Hija de la Caridad
Provincia de Barcelona