En la cárcel también brilla un rayo de la Virgen – Turín

Santa Catalina Labouré

Todas las noches, en su celda, Costanza, sentada en su litera, evitando hacer ruido, coge sus papeles en los que cuenta un poco de su vida en prisión, y cada semana envía su diario a su madre, con la esperanza de que entienda cuánto ama su hija a su familia y lo culpable que se siente por estar en prisión durante los últimos dos años. Fue en las primeras visitas del año nuevo cuando la madre de Costanza se despidió de su hija de la peor manera, diciéndole que ésta sería la última vez que iría a visitarla a la cárcel porque no podía soportar la idea de que estuviera en ese lugar. Aquella vez la madre de Costanza se fue sin abrazarla y sin volverse para el último adiós, como solía hacer.

Es indescriptible lo que puede sentir una hija en prisión cuando no tiene ya contacto con su familia, especialmente con su madre; cuando el juicio de esta última coincide con el de personas anónimas, que consideran a los presos, cualquiera que sea el motivo de su encarcelamiento, merecedores de un juicio severo. Costanza había recibido de las Hermanas una medalla de la Virgen de París, la de la Rue du Bac. Le fascinaba la historia de Catalina Labouré y la Virgen que se quejaba, porque sus hijos se olvidan de pedirle gracias.

Costanza ve abrirse un camino que quiere tomar. Se confía a la Virgen y poco a poco se serena. Al comienzo de la novena para la fiesta de la Medalla Milagrosa, Costanza escribe una carta especial a su madre y comienza a rezar para que la Virgen de la Rue du Bac haga brillar un rayo de sus anillos, también para ella. El 27 de noviembre repite la oración: Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti mil veces, inventando un ingenioso sistema para contar las invocaciones, sin poder usar el rosario. Quiere volver a ver a su madre y dirige este deseo a Nuestra Señora, rogándole que se lo conceda.

La mañana de Navidad oye al agente de turno decir: «Costanza, rápido, prepárate, estás en la lista de visitas, no sé quién está allí». Ante estas palabras Constanza deja de ordenar la celda, en un santiamén se pone la mejor ropa que tiene, coge una tarjeta de Navidad, que ella misma ha preparado, y se une a los demás compañeros, esperando entrar a la sala de visitas.

Nada más entrar se encuentra con toda su familia, incluida su madre. Después de unos minutos permitidos para la emoción general, Costanza se dirige a su madre con voz segura: “Mamá hoy un ha brillado un rayo de las manos de Nuestra Señora, para ti y para mí. Sabía que la Virgen de París me escucharía y me oiría”. Y le habla de Catalina  Labouré, de las apariciones de la Virgen y de la evocadora y hermosa historia de la Medalla Milagrosa.

Pero la mayor sorpresa es cuando la madre le dice a Costanza que había aceptado su sugerencia, indicada en la carta, y que ella también, recitó mil veces la jaculatoria a la Virgen, el 27 de noviembre, junto a su hija en la cárcel y por su amor, sin saber exactamente el motivo de la invocación repetida tantas veces.

“El rayo de Nuestra Señora – confía Costanza a las hermanas – ha pasado los barrotes de nuestros corazones y mentes. Estoy feliz, muy feliz. Incluso aquí. Cuando me vaya, iré a París para agradecérselo a Nuestra Señora. Con mi madre».

Tomado de Informazione Vincenziana, Año XXII-6 / 7-2021-junio / julio

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